Usted lleva la instrucción.El culpable ya está decidido.
Usted lleva la instrucción. Pida pruebas, interrogue a los que callan,
ponga los documentos sobre la mesa y firme una acusación que se sostenga.
El culpable ya está decidido: solo falta que usted lo demuestre.
Tiene un expediente abierto. Empezar una investigación nueva no lo borra:
se queda guardado y puede retomarlo cuando quiera.
⚖
Interrogatorios vivos
Pregunte lo que quiera. Mienten, se contradicen, se cierran en banda y reaccionan a las pruebas que les enseña.
⌕
Pruebas y contradicciones
Autopsias, telefonía, cámaras, contabilidad. Cruce declaraciones y descubra las grietas de cada coartada.
◷
Veredicto que puntúa
Acusar de farol no vale: el veredicto se puntúa contra las pruebas que cite. Apretar sin nada en la mano tiene coste.
El buzón
¿Y si el caso lo escribiera usted?
Cuéntelo aquí y lo leo. No se genera solo: un caso de estos son dos mil
líneas escritas a mano —la cronología, las coartadas cruzadas, los
peritajes, los documentos—, así que esto es un buzón de ideas, no una
máquina. Si una se sostiene, se escribe.
Lo que hace falta para que una idea sirva son tres cosas:
dónde pasa —un sitio de verdad, con su oficio y su gente—,
quién aparece muerto y quiénes tenían motivos. Y si se le
ocurre por qué mentiría cada uno de ellos aunque fuera inocente, eso es
justo lo que convierte una historia en un caso.
No hace falta que esté pulido. Con media página hay de sobra.
El caso seleccionado
La escalera de la nave
Un empresario de riegos aparece muerto al pie de la escalera de su nave, en un polígono del Jiloca.
Todo apunta a una caída trabajando solo de noche. El juzgado abre diligencias igualmente.
Cinco sospechosos, un pueblo pequeño y sesenta turnos de instrucción.
Sonido
Todo esto se sintetiza aquí, en el navegador: no hay ningún archivo de audio ni nada que descargar.
Intro envía · Mayús+Intro salta de línea
Escrito de acusación
Pruebas que cita como cargo
Efectos que cita como cargo
Qué concluye de cada uno
Un caso no se resuelve entendiendo solo al culpable. De cada persona:
si le mintió y en qué. Descartar bien a un inocente puntúa igual que
acorralar al que fue.
Remitir a peritaje
Efecto
Contenido del documento · leerlo no consume turno
¿A quién se lo manda? Consume un turno, acierte o no de destinatario.
Se arrastra a los lados. Girando el teléfono cabe entero.
Anotaciones del instructor
Cuaderno
Lo que apunte aquí no lo lee nadie del caso y no consume turno. Se guarda
con la partida: sigue estando al recargar y viaja en la copia que se exporta.
Cómo se ha abierto la causa
Árbol de la instrucción
Qué diligencia destapó cuál. Solo aparece lo que ya tiene en el expediente.
Algo no va
Avisar de un fallo
No cuesta turno y no interrumpe la partida: siga jugando en cuanto lo mande.
Cuente qué hizo, qué pasó y qué esperaba que pasara — con esas
tres cosas se arregla.
Cómo se instruye un caso
Usted lleva la instrucción, y el tiempo corre.
Tiene 100 turnos y el caso tiene más
material del que caben.
Eso es a propósito. Pedir todas las diligencias y peritar todos los
efectos se come de largo la mitad, y entonces no le queda tiempo para
hablar con nadie. No lo pida todo: elija. Un instructor
que se lee el expediente entero y no interroga a nadie no resuelve un
caso.
En el teléfono, el expediente va en las pestañas de arriba.Escena es la conversación, donde se escribe y donde se lee
todo lo que va pasando. Las otras son el expediente abierto sobre la
mesa: Caso —el resumen, las fotos del sitio y las diligencias
que ya constan—, Sospechosos, Gabinete,
Efectos y
Causa, que es el archivador de todo lo que ha ido
incorporando. Donde este tutorial diga «el panel», mire ahí.
1
El índice — solo lo mínimo, y no crece solo
En la pestaña Caso del panel, bajo
Diligencias, tiene únicamente
la inspección ocular y el atestado inicial: lo que un atestado real ya trae
hecho sin que nadie lo pida. Nada más aparece ahí nunca,
ni siquiera cuando un hallazgo abre la puerta a algo nuevo. Todo lo demás
hay que pedirlo usted, con sus palabras.
2
Pedir — la autopsia, un registro, un cotejo
Escríbalo con sus palabras: «quiero la autopsia», «que registren la casa
donde dormía», «con quién habló esa noche», «un cotejo de ADN». Se le
entiende, no hace falta acertar el nombre técnico. Precise la
zona: registrar la nave no es lo mismo que registrar los
alrededores, ni que registrar la casa de un sospechoso concreto — cuanto
más vago, más objetos sin ninguna relación se incorporan a la causa, y
cuestan turno igual. Si lo que pide no existe en esta causa se le dirá
por qué, y eso sí cuesta turno. Si no se entiende qué
pide, no cuesta nada.
Y se puede pedir dos veces sobre lo mismo. Un informe
contesta lo que se le preguntó, no todo lo que esa cosa sabía. Si un
papel menciona algo que su primera pasada no analizó, pida que
vuelvan sobre ello: que la forense revise otra vez las manos,
que se amplíe el visionado a la hora anterior, una
segunda revisión de la pieza que trajo el registro. Con la escena
igual —volver a un sitio y mirar una zona que la primera vez no se
tocó es una diligencia como otra cualquiera—. Ahí es donde
suele estar lo que no encuentra nadie, y cuesta un turno como
todo lo demás.
3
Interrogar — a cualquiera de la lista de personas
Elija a una persona en la pestaña Sospechosos
del panel y hable. Se le queda enfrente, con su cara
arriba de la conversación, y el hilo se queda solo con lo hablado con
ella; para volver a la causa entera se pulsa Al caso. Mienten, se cierran, reaccionan a
cómo les trate. Las formas importan: el respeto abre
puertas y la humillación las cierra. Amenazar con una prueba encima de
la mesa es presión; amenazar sin nada en la mano es una pataleta, y se
nota.
Cada persona lleva dos diales por dentro y solo se le enseña uno. La
hostilidad es la que ve escrita en su ficha
—«sereno», «incómodo», «tenso», «a la defensiva», «a punto de
levantarse»—: sube al tratar mal, al registrarle la casa, al sacarle
los antecedentes o al amenazarle de vacío, y si llega al final
pide abogado y no vuelve a declarar en toda la causa.
La presión no se pinta en ninguna parte a propósito:
lo que la sube es ponerle pruebas delante, no subir la voz, y se nota
en cómo le contestan.
Y hay una forma de apretar que además baja la guardia:
ofrecerle una salida. Distinguir en voz alta entre lo
que sí hizo y el crimen —«robar no es matar»—, o decirle que si
colabora se le tendrá en cuenta. Sube la presión de golpe y baja la
hostilidad, porque el que está enfrente ve por dónde salir. Y cada
persona tiene además su tecla propia: algo que le duele o algo que le
desarma. Encontrarla es media instrucción.
4
Confrontar — ponerle un papel delante
Elija a la persona, elija qué le pone delante y dígaselo. Solo cede si
eso concreto le desmonta algo concreto. Y cede en ese punto y solo
en ese: nadie confiesa un crimen entero por un extracto bancario. A
quien es duro, además, hay que insistirle: una confrontación buena no
siempre basta a la primera.
Encima de la mesa se pone de todo, no solo diligencias.
El desplegable tiene dos grupos: las diligencias que ha
incorporado a la causa y los peritajes que ya ha pagado.
Lo que un perito encontró en un objeto se enseña igual que el acta de
un registro, y se enseña con las palabras exactas con que lo escribió
él. Un turno de peritaje no termina en el hilo de la investigación:
termina delante de quien tenga que explicarlo.
5
La confesión — se gana, no se arranca
Hay quien acaba contándolo. No todos: alguna gente no lo hará diga
usted lo que diga. Y quien puede hacerlo, solo lo hace con
tres cosas a la vez, y ninguna suple a las otras dos.
Una: material encima de la mesa. Las piezas concretas
que a esa persona la ponen contra la pared, ya confrontadas con ella.
Sin papeles delante eso no sería una confesión, sería un farol que ha
colado. Dos: presión alta. Que se le haya trabajado, vuelta a
vuelta, hasta que se le acaben las explicaciones. Tres: hostilidad baja. Esta es la que sorprende. Al que
se humilla se le cierra: uno se confiesa ante alguien en quien se apoya,
no ante quien lleva media hora gritándole. Apretar a gritos
hasta que hable no lleva a ninguna parte, y es a propósito.
Así que el camino es el largo: consiga el material, póngaselo delante
una pieza detrás de otra, ofrézcale la salida y trátele con respeto
mientras le va cerrando el paso. Es lo que hace un interrogador de
verdad, y aquí es lo único que funciona.
Un aviso, porque cambia cómo se juega: confesar no prueba
nada. No rompe su coartada, no da por desmontadas sus mentiras
y no puntúa. El escrito de acusación lo firma usted y lo tiene que
sostener con papeles. Un caso no se gana porque el culpable lo diga;
eso pasa en la tele.
6
Los efectos y el gabinete técnico
En la pestaña Efectos van apareciendo las cosas
que se intervienen, y se pueden separar por montones y por la
diligencia de la que salieron. Verlas es gratis. Lo que cuesta un turno es
mandarlas a peritar, y hay que acertar a quién: la
forense, quien hizo la inspección, la genetista, el de telefonía, quien
consigue los papeles… y no en todas las causas está el mismo
gabinete: mire el panel, que ahí están los que tiene. Mandarle un
mechero a quien lleva las armas cuesta el mismo turno que mandarle el
arma. La mayoría de los efectos no dicen nada, y
ahí está la apuesta.
Los que llevan el signo ▤ son papeles, y un papel no se
mira: se lee, entero y gratis. Ábralo y tendrá delante
el documento tal cual — los apuntes de un extracto, lo que pone una
notificación del juzgado. Lo que cuesta un turno es que se lo
interpreten: catorce ingresos idénticos están ahí para que los vea
cualquiera, pero que eso no sean horas extra se lo dice el perito
contable. Al instructor que lee con atención el caso le sale
más barato.
7
Pedir pista — la salida de emergencia
Le señalan qué puede practicar ahora o a quién apretar con lo que ya
tiene. Nunca le dirán quién fue. Cuesta
cinco turnos la primera, ocho la siguiente y doce a
partir de la tercera. Si vuelve a pedirla sin haber movido la
causa, le repiten la misma sin cobrarle.
8
Cuaderno y Árbol
El Cuaderno es suyo: horas, contradicciones, quién
estaba con quién. No cuesta turno y se guarda solo. El
Árbol dibuja qué diligencia destapó cuál.
9
El escrito de acusación — y a lo mejor no fue uno solo
Se firma cuando usted quiera, y no es solo señalar a uno.
Se marca al culpable, el móvil, el
método, las diligencias y los
efectos con los que sostiene el cargo, y sobre todo
de cada persona hay que decir si le mintió y en qué.
Esa lectura de cada uno puntúa tanto como el móvil y el método
juntos: descartar bien a un inocente vale igual que acorralar al que
fue, y dejar la ficha de alguien en blanco cuenta como no haberlo
entendido.
Hay además un desplegable de cómplice, con «nadie»
puesto de entrada. No dé por hecho que actuó una sola
persona: en alguna causa hay un segundo que no mató pero
estaba en el ajo —el que ayudó después, el que calló, el que apareció
cuando ya no había nada que hacer—. La forma de distinguirlo del autor
son las horas: si lo que sitúa a alguien en el sitio cae
fuera de la horquilla de la muerte, esa persona no estaba matando a
nadie, estaba tapando. Y al revés: señalar a un segundo de farol sale
tan caro como fallar el primero, así que si no lo sostiene con papeles,
déjelo en «nadie».
Los turnos que le sobren también puntúan, y citar como cargo una pista
falsa resta.
Qué gasta turno y qué no. Gastan: incorporar una diligencia,
peritar un efecto, hablar con alguien, confrontar, y que le digan que algo no
consta. No gastan: releer lo que ya tiene, que no se entienda
lo que pide, que le denieguen una diligencia por falta de indicio previo,
mirar los efectos, mirar las láminas del sitio y escribir en el cuaderno.
Todo lo que puede hacer, en una lista. No hay menú de
acciones: casi todo se escribe en la misma caja, con sus palabras.
Pedir una diligencia — la autopsia, un registro, unas
cámaras, un cotejo, los antecedentes de alguien, que se le tome
declaración a quien no es sospechoso. Acote la zona: registrar
la nave entera y mirar lo que llevaba encima no traen lo mismo, y cuestan
el mismo turno.
Pedir que vuelvan sobre algo — una segunda revisión de
un efecto que ya peritó alguien, otra pasada por una zona de la escena,
ampliar un visionado a otra hora.
Mandar un efecto a peritar, eligiendo a quién del
gabinete. Ahí es donde se gana o se tira el turno.
Mirar los efectos y leer los papeles — gratis, entero
y las veces que quiera. Lo que pone el papel no se paga; lo que el papel
no pone, sí.
Interrogar a sospechosos, a testigos y también a los
técnicos del gabinete, que saben de su oficio cosas que nadie les ha
preguntado.
Confrontar con una diligencia o con un peritaje ya
pagado.
Ofrecerle una salida a quien tiene enfrente, buscarle su
tecla, y llevarlo hasta la confesión si es de los que pueden llegar.
Pedir pista, escribir en el cuaderno,
abrir el árbol y releer cualquier cosa del
expediente.
Firmar la acusación — culpable, cómplice si lo hubo,
móvil, método, cargos y la ficha de cada uno.